Moderarse o colapsar

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Antes trataba de hacer muchas más cosas que ahora. Había cantidad de tareas que estaba convencida que era mi deber desempeñar, tanto es así que acabé llevando una carga excesiva. Ni se me ocurría que era posible reducir mi carga de trabajo, hasta que Dios intervino y me obligó a aminorar la marcha. Permitió que me sobreviniera una debilitante enfermedad de los ojos. Entonces descubrí que a fin de cuentas no tenía que realizar todas esas tareas. En primer lugar, me di cuenta de que había asuntos que podía delegar en otros. Además, me percaté de que no todo era indispensable, que algunas cosas podían quedarse sin hacer.

Es poco probable que te aqueje una enfermedad de los ojos como la que tuve yo. No obstante, si te propasas y terminas estresado, es muy posible que mermen tus defensas y te enfermes. Hasta puedes sufrir una crisis nerviosa. En ese caso, quedarás completamente fuera de combate y serás incapaz de hacer nada.

¡Cuánto mejor es reconocer tus limitaciones, moderar el paso, fijarte una cantidad prudencial de trabajo que quieres realizar y dejar lo demás para más tarde! ¿No te parece? Aunque no logres hacer todo lo que antes pensabas que era tu obligación, todavía rendirás mucho sin arruinar tu salud ni perder el buen humor. ¡Desde luego es mejor que matarse por hacerlo todo y sufrir un colapso! De una u otra forma, tarde o temprano, tendrás que aminorar la marcha, bien por causa de una decisión inteligente de tu parte o porque no tengas más remedio.

Tenemos tendencia a sobrevalorar nuestra fortaleza y capacidad. A veces llegamos a creernos indispensables. Pero esa mentalidad, ese trajinar por querer hacerlo todo, un día bien nos puede llevar a descubrir que somos perfectamente prescindibles: el día en que nos desplomemos física, mental o emocionalmente y terminemos inmovilizados, incapaces de hacer nada, nos daremos plena cuenta de que el mundo sigue adelante sin nosotros.

Dios a veces tiene que disipar nuestros delirios de grandeza y nuestra presunción. Él está al tanto de nuestras limitaciones y debilidades. «Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Salmo 103:14). Quisiera, eso sí, que nosotros también tomáramos conciencia de ellas.

La solución está, pues, en reducir la marcha y llevar un ritmo de vida más pausado. A mí Dios me obliga a hacerlo a causa de mi debilidad física. Cada día me da fuerzas para seguir realizando mi trabajo, pero no tantas como para propasarme y hacer más de lo necesario. Sin embargo, como voy a paso lento pero constante, logro cumplir por lo menos con las tareas prioritarias sin estresarme. Fue cuestión de encontrar un equilibrio.

Hoy todo discurre tan aceleradamente y andamos tan exigidos de tiempo que resulta muy difícil llevar un ritmo de vida pausado. Así y todo, debemos procurar dar con un buen término medio, pues la moderación es una de las claves de la salud física y el bienestar espiritual.